lunes, 17 de octubre de 2016

La Sierra de Albarracín en Bicicleta: Santa Eulalia-Orihuela del Tremedal (I)

Uno nunca viaja solo. Mucho menos cuando lo hace en bicicleta. Le acompañan las personas a las que ama y a las que amó. Los sueños que tuvo y los que retiene. Los grandes infortunios en su vida y las grandes alegrías.

El viaje no se inicia en el kilómetro cero de la ruta marcada. Y el mío no empieza en Santa Eulalia, en su macilenta estación del ferrocarril, nostálgica de la fábrica de azúcar cuyas instalaciones se pudren a la intemperie con la lentitud propia del que ya no ha de acudir a ningún sitio.

Hace meses que se dio el pistoletazo de salida, el acelerón de los últimos días en la capital ha sido agobiante: ropa, comida, mecánica de la bicicleta. Cargo como una mula dos alforjas y una mochila a caramuello hasta la estación Delicias. A eso de las diez y media de la mañana desembarco en Santa Eulalia. Hoy he de llegar a Orihuela del Tremedal. Me voy a cocer recorriendo las Parameras de Pozondón.

Ha sido plácido el viaje en tren. Menos mal que son sensatos los interventores de RENFE; éramos cuatro bicicletas donde no hay espacio que para tres. Menos mal que no actúan como sus superiores incompetentes, quienes establecen la normativa que se ha de cumplir en sus trenes y que es una declaración de guerra, en toda regla, contra sus usuarios.

Ya estamos en el tren
No puedo refrenar mi entusiasmo inicial y pedaleo con brío. Voy a saldar en los días siguientes varias cuentas que tengo pendientes con el Teruel que me es, vergonzantemente, misterioso. Dejo a la izquierda la cementera, me han hablado de esta primera rocha, como entremés no está nada mal. En apenas unos esfuerzos subo El Viso, dejando a mis espaldas el cadáver de un zorro atropellado, al parecer, esta pasada noche. A ninguno atropellaré yo, no puedo evitar que mi pensamiento se detenga en ello. 

Zorro atropellado en El Viso
Hace calor, es mediodía. El páramo se expande a mis ojos como el escaparate de una repostería a las lamineras retinas de un niño. Primero el bosque abierto de carrascas que tiene por banda sonora los familiares bisbiseos de los mosquiteros comunes. Conforme tomo altura, la quercínea cede su cetro a la sabina rastrera y al matorral. Creo distinguir la Artemisia assoana desde mi vehículo y quenopodiáceas y gramíneas a patadas. Poco a poco, intercalada con algunas rampas cuesta abajo, pero casi siempre cuesta arriba, la carretera serpentea y acerca a Pozondón. 

Primera panorámica: Peña Palomera y la cementera en Santa Eulalia
En el lugar me resguardo de este sol de justicia e interior, a la sombra del trinquete que delata la franja metálica que separa el punto anotado de la nada deportiva. Compro cerveza fría en el bar, la parroquia local me mira extrañada y no les culpo, todos varones de superada mediana edad. La bebo a la sombra del edificio porticado e imagino los juegos de pelota del pasado, las alpargatas, las abarcas moviéndose con celeridad para devolver la pelota al adversario en las peores condiciones posibles para él, ajustada a la línea o a la pared, o a la línea y a la pared. Vuelvo a comprar cerveza fría. Como algo de la comida que he subido hasta aquí en las alforjas. Marcho en dirección a Bronchales.

Porticado en Pozondón
A las afueras paso por delante del frontón, hay un campo de baloncesto y unas porterías de fútbol sala. Sería maravilloso ver a los niños del pueblo, decenas de ellos, jugando entre semana, en pleno invierno, en estas instalaciones. Sé que por el momento eso no va a ser posible, pero deseo creer que sólo por el momento no lo será. 

Frontón, porterías y canastas en Pozóndon.  
Prosigo viaje. Leo en un cartel que las celadas se encuentran a un tiro de piedra. Me desvío. Hay tres de ellas. Una aparece cultivada con cereal, la que resulta accesible. Las otras dos no lo son y su botánica no parece desentonar de la del resto del paisaje.  

Celada con cereal
El calor hace estragos en mi sentido común. Me siento a comer al sol cruento. Al borde de una de las simas doy buena cuenta de un par de puñados de frutos secos y dejo medio saciada mi sed con un prolongado trago de agua. Observo la concavidad del terreno mientras mastico las semillas venidas a menos, destinadas a consumo humano. Viene a mi recuerdo el planeta Tatooine, el natal de Luke Skywalker en la trilogía de La Guerra de las Galaxias, y me sonrío imaginando las horrendas formas del monstruoso organismo que en la hondura del agujero, como hormiga león, aguarde al incauto que adentro ruede, se vea incapaz de escapar y termine en lo profundo de su estómago.

Dolina en pozo.  Aquí el suelo se vino abajo.
La labor del ácido carbónico diluido en el agua de lluvia sobre la caliza me subyuga. Pero las tábanas me acosan. A la tercera intentona de hacerse con mi sangre decido regresar por el camino de arena suelta que me ha traído hasta aquí. Dejo satisfecho las formas kársticas y sólo me apena que los dípteros se hayan presentado con tanta urgencia. Al fin y al cabo, no somos que comida, pienso entre mí.

Dolinas en embudo en Pozondón.

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